La cocinera de este caldero

Cuando pienso en quién soy, siempre vuelvo a un olor: el del guiso que mi abuela y mi mamá dejaban horas en el fogón. Ese olor inefable a cebolla y a tomate sudando despacio, se colaba por toda la casa y avisaba que la mesa era un lugar sagrado.

En mi familia, el amor siempre tuvo sabor. Por eso estudié Nutrición; al principio creía que iba a entender el cuerpo humano, sus engranajes y necesidades. Y si, lo aprendí. Pero lo que realmente me movió el piso fue salir de los consultorios y sentarme con comunidades en sus territorios.

Ahí entendí lo que ningún libro me enseñó: la comida es memoria que se come, es resistencia cultural, es identidad, es un hilo invisible que une a una familia, a una comunidad, a un pueblo, a un país.

Caldero consciente es la olla donde quepo entera. No es un blog ni un recetario de nutrición. Es mi manera de sentarme a la mesa con otres para decir: Oye, ¿y si pensamos la comida de otra forma?

Fuera de esto, soy una persona común: me gusta el buen café sin azúcar y las mañanas de domingo sin afán. Me da miedo perder las tradiciones, me da rabia que el campo esté tan abandonado, y me da esperanza cuando alguien me cuenta que su abuela o su mamá le enseñó a hacer algo y lo sigue haciendo.

Si llegaste hasta acá, gracias por sentarte a mi mesa. Espero que disfrutes de todas estas reflexiones cargadas de conciencia, cultura y sabor.