Christina Koch se convirtió en la primera mujer en viajar a la Luna. Cuando ví su foto observando la tierra estando mucho más cerca de la luna mi corazón retumbó muy fuerte, me dejó sin palabras por lo profundo de su significado. Porque lo que ví no fue solo un hito espacial o tecnológico. Vi a una mujer orbitando el mismo cuerpo celeste que durante milenios organizó la vida de otras mujeres desde abajo. La luna que les dijo cuándo sembrar, cuándo guardar, cuándo el cuerpo pedía descanso.

No sé si ella lo pensó así, pero yo no pude pensar en otra cosa.  Porque hay algo que me resulta muy significativo en esa imagen: durante milenios, las mujeres miramos la luna desde abajo y aprendimos de ella. Aprendimos a sembrar, a fermentar, a recolectar, a entender nuestros propios cuerpos. Y ahora, por primera vez, una mujer fue hasta allá.

La luna no cambió. Pero algo en esa imagen movió algo en mí, y pensé: si hay un momento para hablar de gastronomía cíclica femenina, es este.

Lo que perdimos cuando el tiempo se volvió línea recta

Hay una frase de Fikret Berkes que me quedó dando vueltas desde que la leí: el tiempo, en los sistemas alimentarios tradicionales, no es una línea. Es un ciclo. Y los sistemas que han sobrevivido siglos son exactamente los que lo trataron así.

Lo que la agroindustria llama eficiencia tiene un costo que no aparece en ninguna etiqueta. Cuando desestacionalizamos los alimentos, cuando le exigimos a la tierra producir sin pausa, cuando desconectamos el plato del calendario, no solo perdemos sabor o biodiversidad. Perdemos algo más difícil de nombrar: la capacidad de leer el territorio con el cuerpo.

¿Cuándo fue la última vez que comiste algo porque era su momento, no porque estaba disponible?

Tres calendarios que alguna vez hablaron entre sí

Voy a intentar explicar la hipótesis central de la gastronomía cíclica femenina, aunque confieso que cada vez que lo hago me doy cuenta de que todavía le estoy dando vueltas.

La idea es esta: los sistemas culinarios más resilientes de la historia no respondían a un solo ritmo sino a tres al mismo tiempo. Y no por diseño sino porque generaciones de mujeres los fueron alineando a punta de observación y práctica acumulada.

El primero es el ritmo de la Tierra. Las estaciones, las lluvias, las floraciones, las cosechas. En Colombia, los pueblos de la Sierra Nevada organizan su producción leyendo el comportamiento de los ríos, la aparición de ciertos insectos, la floración de plantas específicas. La comida llega porque la tierra la ofrece, no porque alguien optimizó una cadena de frío.

El segundo es el ritmo de la Luna, y aquí siempre hay alguien que frunce el ceño. Pero lo que documentó Maria Thun durante décadas sobre las fases lunares y su influencia en la germinación, en la savia, en la humedad del suelo, no es muy diferente de lo que tradiciones indígenas de medio planeta aplicaron durante generaciones sin necesitar validación externa. Saber cuándo fermentar o cuándo recolectar según la luna no era fe ciega. Era el resultado de siglos mirando y anotando, aunque el cuaderno fuera la memoria.

El tercero me parece el más olvidado y el más político de los tres: el ritmo del cuerpo femenino. Las investigaciones en nutrición hormonal llevan años señalando que el ciclo menstrual es también un ciclo metabólico, con cuatro fases que tienen necesidades nutricionales distintas. Pero en muchas cosmologías indígenas eso no era un descubrimiento reciente sino algo que siempre estuvo ahí, tejido junto con la luna y la tierra como parte del mismo sistema. No tres cosas separadas. Es el mismo pulso con tres expresiones.

Cuando estos tres calendarios conversan, algo cambia. Los sistemas alimentarios se vuelven sostenibles, culturalmente vivos y nutricionalmente inteligentes al mismo tiempo. No por teoría. Sencillamente porque están hechos del mismo tejido.

El saber que viajaba en textos

Detrás de esa sincronización siempre hubo mujeres. No como dato pintoresco sino como hecho estructural que el sistema se encargó de invisibilizar sistemáticamente.

En la Amazonía, la chagra funciona como un sistema vivo de retroalimentación con el río, con la selva, con los ciclos de la luna. Las mujeres que la gestionan no siguen un manual: leen señales, toman decisiones, adaptan. En el altiplano cundiboyacense, el saber muisca incluye el uso de tubérculos como los cubios y las hibias sincronizado con los periodos de mayor frío, una relación perfecta entre el alimento y el clima que no necesitó laboratorio para funcionar.

Ese conocimiento no viajaba en libros. Viajaba en el gesto de saber cuándo la masa estaba lista, en la decisión de qué fermentar y cuánto tiempo dejarlo, en lo que se le decía a una hija sobre qué comer después del parto. Y los saberes que no se escriben son los primeros que desaparecen cuando alguien decide que no tienen valor comercial.

Me pregunto cuántas bibliotecas enteras se han perdido así. Sin ruido. Sin que nadie lo declarara pérdida.

Lo que vi desde acá abajo

Christina Koch miraba datos, sistemas, trayectorias. Tenía una misión técnica entre manos y la cumplió.

Pero yo, desde este caldero donde las ideas se cocinan a fuego lento, no podía dejar de pensar en la paradoja: la humanidad llegó a la Luna con toda la tecnología disponible, y al mismo tiempo estamos perdiendo los calendarios alimentarios que las mujeres sostuvieron durante milenios con las manos en la tierra.

No digo que haya que elegir entre las dos cosas. Digo que me parece urgente que la segunda no desaparezca mientras celebramos la primera.

La luna sigue marcando ritmos que muchas ya no sabemos leer. La pregunta que no me deja tranquila es si todavía estamos a tiempo de volver a aprenderlos, o si estamos tan ocupadas mirando hacia arriba que no notamos lo que se apaga aquí abajo.

Carolina

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